La colección Juan Coll y Lolita Gómez de artistas alicantinos: de Baeza a Vila. Pinceladas de una historia
Esta colección resulta especial por el modo en que se ha ido
desarrollando a lo largo del tiempo a través tanto de regalos de buenos amigos como
por medio de adquisiciones. Sin ser conscientes de ello, el pintor Juan Coll Barraca
(1921-2012) y su esposa Dolores, “Lolita”, Gómez Arévalo (1930-2012) fueron
atesorando algunos cuadros de pintores alicantinos de diversas épocas, estilos
y técnicas, pero siempre con un denominador común: la pasión por estos artistas
alicantinos. Asimismo, conservaron obras del propio Coll pertenecientes a
diferentes etapas de su ecléctica trayectoria pictórica, junto a diverso
material impreso y audiovisual. Sin embrago, toda esta variedad se ve
cohesionada por un espíritu común: la honestidad en la práctica artística, la fidelidad
a una mirada propia y el compromiso con el entorno inmediato. Más
que reunir obras, la colección Coll Gómez traza las relaciones que han dado
forma al arte alicantino desde finales del XIX hasta el último tercio del siglo
XX: contextos, trayectorias y vínculos que, juntos, construyen un mapa vivo de
su historia desde dentro.
Todos estos cuadros cuentan una historia, pinceladas de una historia, no
sólo sobre sus autores, artistas alicantinos, sino también sobre los
propietarios de las obras, Juan y Lolita, sus preferencias, intereses y
aficiones, en definitiva, sobre su propia vida, que es, a su vez, la historia
de Alicante; concretamente, la de un largo, fructífero e interesante periodo
artístico en el que nuestra ciudad fue calificada incluso de centro artístico
de la nación por los críticos y del que en contadas ocasiones se tiene la
oportunidad de ver juntas obras tan representativas. Junto a todo lo anterior,
se brinda la oportunidad a varias nuevas generaciones de descubrir por primera
vez la obra de estos artistas geniales y al hacerlo se honra a todos ellos, así
como al propio arte alicantino.
La colección es, en
esencia, una historia de Alicante contada a través del arte. No solo reúne
obras, sino entornos vitales, relaciones humanas y momentos clave de la
evolución artística provincial. Su importancia no reside únicamente en la
calidad individual de las piezas, sino en su capacidad para ofrecer una visión
coral, continua y profundamente honesta del arte alicantino a lo largo de de casi
un siglo. Se trata de un reflejo de la realidad artística tal y como se vivió,
con sus creadores, algunos consagrados y otros olvidados, pero todos
históricamente activos.
Al modo de las grandes exposiciones colectivas celebradas en Alicante
durante las décadas de los cincuenta y sesenta, en esta colección se presentan
las obras siguiendo principalmente un orden alfabético de los artistas representados,
de Baeza a Vila, haciendo especial hincapié en la estrecha relación de Juan Coll
y Lolita Gómez con todas y cada una de ellas, pero también con más artistas y
otras numerosas obras.
Muchos de los artistas representados fueron amigos, compañeros, maestros
con los que se compartieron proyectos y experiencias. Las obras conservadas no
sólo reflejan estilos y técnicas, sino también gestos de afecto, reconocimiento
mutuo y memoria compartida. Asimismo, el fondo documental permite comprender
las obras en su contexto humano, artístico y cultural.
En definitiva, la
colección Coll Gómez se configura como una biografía compartida entre una
ciudad y sus artistas, articulada a través de la mirada de otro artista, Juan,
y de su esposa, Lolita, ambos profundamente implicados con su tiempo, y se
convierte así en un archivo vital del arte alicantino vivido desde dentro; en
un testimonio directo de las redes artísticas alicantinas del de siglo XX
articuladas desde la cercanía personal. En ese sentido, no pretende ser una
colección exhaustiva, sino vivida.
Pero además, la
Colección Coll Gómez no debe fijarse como un relato concluido, sino proyectarse
como una conversación abierta. Su futuro pasa por activar lo que ya contiene:
convertirse en un archivo vivo que genere investigación, reinterpretaciones y
nuevas lecturas, incorporando miradas críticas externas, artistas
contemporáneos y dispositivos de mediación que expliquen sus límites y su
potencia. No se trata de ampliar sin criterio, sino de hacer dialogar el pasado
vivido con el presente, permitiendo que la colección sea interrogada,
contextualizada y, cuando convenga, discutida. Así, pasará de ser una colección
vivida a una compartida.
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